Domenichino: clasicismo y paisaje italiano
- Por Miguel Ruffo
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Se cumplen hoy 385 años de la muerte de Domenichino, pintor italiano caracterizado por el clasicismo y las formas expresivas de aspecto monumental. Exponente de la pintura paisajística de la ciudad de Bologna, fue un pintor activo también en Roma y Nápoles.
Domenichino, nacido en Bolonia en 1581 con el nombre de Domenico Zampieri–desarrolló su estilo propio al relacionar la influencia recibida de los hermanos Carracci, sus célebres maestros, con las impresiones provocadas por las pinturas de Correggio, Rafael y Caravaggio. Tras la muerte de Annibale Carracci en 1609, Domenichino se convirtió en el maestro de la pintura de paisajes de su ciudad natal.
En sus obras desarrolló también temas religiosos, tal como en La Transfiguración de Cristo, tópico que se venía desarrollando en Oriente desde el siglo VI y que hacia los siglos XV y XVI se incorporó al arte de Occidente, y que refiere a la transformación o metamorfosis de Jesús en el momento de la oración. Y abordó, asimismo, temas mitológicos como en Los Trabajos de Hércules, donde se nos habla de lo realizado por Hércules –Heracles entre los griegos– para incorporar a su personalidad las cualidades de los animales vencidos –como el león– y convertirse en el Rey Sagrado, consorte de la gran sacerdotisa.
Analicemos algunas de sus obras:

Susana y los viejos, óleo sobre tabla, 1603.
En esta representación lo central es la impotencia de Susana para defenderse del acoso de los viejos. Estos están ya como lanzándose sobre la casta Susana: su mirada, que transmite terror y pánico, está como sufriendo ya el contacto con las manos y barbas de los viejos de la lujuria. Parece ser la impotencia de la pureza del alma frene a la prepotencia de los cuerpos. El fondo está dado por un frondoso jardín y parte de la construcción de un palacete. Dicen Duchet-Suchaux y Pastoreaux: “Este relato fue objeto de numerosos comentarios de teólogos como Tertuliano, Ambrosio y Agustín, encaminados a demostrar las interpretaciones simbólicas del mismo. Desde el período paleocristiano, la ‘casta Susana’ fue considerada como símbolo del alma salvada. Por lo tanto, simboliza a la iglesia calumniada por los judíos y los paganos”. La casta Susana es la oposición al pecado de la lujuria, que es uno de los siete pecados capitales. Vendría a ser su historia, algo así, como la lucha del alma contra el avasallante deseo libidinoso de los cuerpos. En cuanto a lo alegórico, Susana al representar a la Iglesia, y los viejos a los judíos y paganos, no hace sino expresar la lucha inquisitorial contra todos aquellos que no comulgaban con la fe católica. Por su parte, Stukenbrock y Topper nos informan que “este pasaje bíblico era muy apreciado en los siglos XVI y XVII, ya que permitía representar un desnudo femenino en el idílico marco de un jardín”.

El vado, óleo sobre lienzo, 1604.
Este paisaje, tan encantador como atractivo, es expresión de las destrezas representativas del artista. La naturaleza y los pequeños personajes que la pueblan dejan ver la influencia de Annibale Carracci. Un curso de agua en el que se introducen mujeres y niños; un bote atravesando el arroyo; los árboles que se alzan en la búsqueda del cielo; las ondulaciones de la tierra que acompañan al agua central; la ciudad, a lo lejos, como punto a alcanzar por la vista… Todo coronado por un cielo en su mayor parte celeste con alguna que otra nubecilla.

Retrato de un hombre joven, óleo sobre lienzo, 1603.
Este retrato expresa un naturalismo sincero y franco. Modelado acorde con los principios de Rafael. Detalles y contornos suaves, limitado cromatismo, ejecución precisa, tales son las notas formales que lo caracterizan. El hombre ha sido representado de cuerpo entero, con su pierna izquierda avanzada. Lleva un traje envolvente y sostiene con su mano derecha un sombrero al que pega contra su cuerpo. Su rostro es ceñido. El joven hombre está como enmarcado y el fondo de la composición es un paisaje.

Santa Cecilia, óleo sobre lienzo, 1620.
Santa Cecilia, patrona de la música, aparece tocando un instrumento con la mirada dirigida hacia el cielo. Su belleza está idealizada siguiendo el ejemplo de las pinturas de Rafael. Cecilia fue una de las más célebres santas romanas. Se piensa que vivió en el siglo II. Fue martirizada por el poder romano. Recibió numerosas representaciones y el instrumento musical que actuaba como atributo para reconocerla variaba: órgano portátil, arpa, laúd, violín. Esta Cecilia música tiene su origen en la medievalidad europea. En esa época se pensaba que había ido al suplicio tocando un órgano. En la modernidad se transformó en la patrona de la música sacra como así también de los músicos, de los cantantes y de los fabricantes de instrumentos musicales. Su culto se desarrolló fundamentalmente en Italia y Alemania. En esta representación la vemos tocando un contrabajo mientras una figura angelical sostiene con su manos hacia arriba la partitura ejecutada por la santa. La mirada dirigida hacia el cielo estaría indicando que la música ejecutada es sacra. La música se convierte en las más excelsa de todas las artes para relacionarse con Dios. El fondo, de características neutras, contribuye a resaltar la luminosidad de las figuras. El cromatismo –los rojos de la vestimenta de la santa, los blancos del cuerpo del angelito, los rubios (amarillentos) de los cabellos del angelito– desempeñan una función simbólica: los rojos aluden a la sangre del martirio de la santa; los blancos del angelito a la luz del mundo celestial; los amarillos o dorados, al igual que en las pinturas medievales, al cielo, pero también al poder temporal de la iglesia como se verifica en el hecho de que uno de los presentes que los magos habían obsequiado a Jesús era el oro en virtud de su condición de rey. Así pues, este Santa Cecilia es toda una presentación de la música celestial, no solo de la ejecutada por la santa al dirigir su mirada al cielo, sino también la música del propio cielo: la llamada música de las esferas. Por ende, la música es el puente que une el cielo con la tierra, es decir, a Dios con los hombres. Lo celestial y lo terrenal unidos por el amor a la música.

La Comunión de San Jerónimo, óleo sobre lienzo, 1614
Este óleo presenta una composición abigarrada, poblada de personajes cuyas gestualidades resultan especialmente expresivas. Destaca la figura de San Jerónimo, quien, visiblemente debilitado, apenas logra sostenerse en pie mientras se dispone a recibir la comunión: el alimento divino, el cuerpo y la sangre de Cristo presentes en la hostia. En la parte superior, una serie de angelitos danzantes contemplan la escena desde el ámbito celestial. La acción central, el instante previo a la comunión de San Jerónimo, se articula con un paisaje de fondo de carácter naturalista y con la presencia de un arco arquitectónico que enmarca la escena. El jardín que se extiende al fondo remite al Paraíso Terrenal, al jardín del Edén, lugar originario donde Dios creó al hombre. En este contexto, el jardín se presenta como la morada ideal del ser humano en la tierra, en comunión con lo divino. No es la ciudad ni la máquina, sino la naturaleza la que encarna ese espacio: el celeste de un cielo protector, el verde de los árboles frondosos y la luz de la vela que ilumina la escena e introduce la presencia de Dios. Esta luz no solo guía hacia la patria celestial, sino que también orienta el peregrinaje del hombre en la tierra, representado en la pequeña casa que aparece al fondo del paisaje. Por su parte, el arco no solo remite a la arquitectura clásica romana, sino que puede interpretarse también como una alusión al arcoíris, símbolo de la alianza entre Dios y los hombres.

La Cacería de Diana, óleo sobre lienzo, 1617.
Diana –Artemisa entre los griegos– era la virgen cazadora. Acompañada siempre por su séquito de ninfas vírgenes tan cazadoras como ella. Estamos frente a una composición mitológica, en la que las ninfas organizan una cacería en torno a una paloma. La primera flecha encuentra en un palo un lugar donde clavarse, la segunda aparta al lazo y la tercera flecha da en la cabeza de la paloma. Al centro de la escena se encuentra Diana, que alza en son de triunfo sus brazos. Las ninfas que la acompañan exhiben, junto a Diana, los premios: anillo de oro, otro anillo y una vara. La dimensión uniforme de la cacería, la monumentalidad de la representación y un cromatismo verdoso y por momentos con toques de grises son las notas dominantes de este paisaje.
Fuentes consultadas:
Duchet-Suchaux, Gastón y Pastoureau, Michel (1996). La Biblia y los Santos. Madrid, Alianza Editorial.
Stukenbrock, Christiane y Topper, Bárbara (2011). 1000 obras maestras de la pintura, (2011), h f Ullmann.





